Si hacemos un profundo examen de conciencia,
vemos con claridad lo salvajes y crueles que somos y como gozamos con la tortura
de nuestros animales, aunque la gente de la ciudad no lo ve ni lo padece. Solo
hay que asomarse a un criadero de pollos, hacinados en jaulas que no les permite
moverse, con la luz encendida para que no pierdan el tiempo en dormir y ponerse
como una bola, enfermos, para morir en tres meses. Peor se trata a las ocas,
clavadas al suelo de madera —pobres ocas, que pies tan ideales tienen— o cegadas
para que permanezcan inmóviles, con un embudo metido hasta medio cuello, a fin
de empujarles la comida con el dedo y hacerles explotar el hígado.
Nos preocupa la obesidad infantil, uno de cada
cuatro angelitos, es redondo, pero a nuestros animales, la aplicamos directa y
científicamente, como a las pulardas, o a los cerdos, convertidos en
desproporcionados cuadrángulos de carne que apenas pueden andar, con pequeñas y
ricas manitas, o sus bebés, tan graciosos enfilados en el escaparate,
muertecitos con un limón en la boca, o los toros de carne, atados al cebadero un
año, 365 días de su corta vida, para alcanzar los 700 kilos y agonizar vilmente
en un matadero, resbalándose en el suelo por la sangre.
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| En la imagen Jesús González |
Aun
sin la pena de muerte, tenemos presas a las vacas con una especie de yugo, una
bola de sal y un bebedero en el hocico, que se sacien bien, con una selección
genética que les da unos cuartos traseros enormes, llenos de tetas que dan la
exorbitante cantidad de 30 o 40 litros de leche diarios, —y a la que no, le dan
café, que se decía en la guerra— siempre con riesgo de tuberculosis en sus
pulmones atrofiados; por no hablar de los perros y gatos castrados o atados,
etc.
Toda
una serie de animales deformes y maltratados de por vida, para que nosotros lo
celebremos en grandes comilonas —que blando y rico que está— y disfrutemos con
el saboreo, en un autentico sadismo.
Y
precisamente hemos ido a lanzar el grito por el único animal al que se mantiene
libre en su ámbito prácticamente salvaje, en una paradisíacas dehesas, donde ya
quisiéramos ramonear nosotros, con una tranquilidad protegida, como se ve a los
animales aquí, en los Parques de Tanzania, donde vivo y desde donde escribo
estas líneas.
Es
una manifestación de hipocresía espeluznante, ojos que no ven corazón que no
siente; les importa un bledo el sufrimiento de tantos animales maltratados para
su paladar y utilizan, prefiero no decir para, la vida este magnifico ejemplar,
al que condenan al exterminio con esta interesada compasión, por el hecho de que
se presencia los últimos diez minutos de su vida, difíciles y duros, pero
dignos, que es lo mínimo que se puede pedir a una muerte, en un ritual o
ceremonia, la fiesta más culta que hay hoy en el mundo —Federico García
Lorca.
Si
nuestro teatro tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico. Si
hubiese sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como
La Iliada... Una corrida de toros es algo muy hermoso —Don Ramón María del
Valle-Inclán.
Cuando
a nosotros nos llegue esa suerte, también vendrá a vernos nuestra gente, y si
llegan tarde, al desfile con el pijama de madera ya puesto.
Así
es la vida, y la muerte; hay que recibirla de frente, templando y mandando. No
es para tanto.
*Artículo
publicado en el Diario "Abc" de Sevilla el día 2 de septiembre de 2010, y
escrito por el periodista sevillano Jesús González Green.

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