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en su saliva aquel sabor malsano, como a latón, que conocía yaporque lo había olido al mirar a los perros que se apiñaban debajode la cocina.Y, luego, se había ido. Tan bruscamente como había cesado, elmartilleo seco, monótono del pájaro carpintero volvió a oírse, y alrato él llegó a creer incluso que podía oír a los perros, un murmullo,apenas un sonido siquiera, que probablemente llevaba oyendoalgún tiempo antes de que llegara a advertirlo, y que se hacíaaudible y volvía a alejarse y a desaparecer. En ningún momento seacercaron lo más mínimo al lugar donde él estaba. Si perseguían aun oso, era a otro oso. Fue el propio Sam quien surgió del cañaveraly cruzó el brazo pantanoso seguido de la perra herida el díaanterior. Iba casi pegada a sus talones, como un perro de caza; noemitía sonido alguno, y al acercarse se acurrucó contra la pierna delchico, temblando, mirando fijamente hacia las cañas.-No lo he visto -dijo él-. ¡No lo vi, Sam!-Lo sé -dijo Sam-. Ha sido él quien ha mirado. Tampoco lo oíste,¿no es cierto?-No -dijo el chico-. Yo...-Es inteligente -dijo Sam-. Demasiado inteligente. -Miró a laperra, que temblaba leve y persistentemente contra la rodilla delchico. Del lomo desgarrado rezumaron y quedaron colgando unascuantas gotas de sangre fresca-. Demasiado grande. Todavía nohemos conseguido el perro. Pero quizá algún día. Quizá no lapróxima vez. Pero algún día.* * *
 Así que tengo que verle,
pensó.
Tengo que mirarle.
De lo contrario -tenía la sensación-, todo seguiría igual eternamente; todo habría deir como le había ido a su padre y al mayor de Spain, que era mayorque su padre, e incluso al general Compson, que era tan viejo como
 
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para haber mandado una brigada en 1865. De lo contrario, todoseguiría así para siempre, la vez próxima y la otra, después ydespués y una vez más. Le parecía poder verse a sí mismo y al oso,oscuramente, ambos en el limbo del que emerge el tiempo paraconvertirse en tiempo; el viejo oso, absuelto de su condición mortal,y él compartiendo, participando un poco en ello, lo bastante. Yahora sabía qué era lo que había olido en los perros apiñados ygustado en su saliva. Reconoció el miedo.
 Así que tendré que verle,
pensó, sin temor ni esperanza.
Tendré que mirarle.
Fue en junio del siguiente año. Tenía entonces once años. Estabande nuevo en el campamento, celebrando los cumpleaños del mayorde Spain y del general Compson. Si bien uno había nacido ensetiembre y el otro en pleno invierno y en décadas distintas, sehabían reunido para pasar dos semanas en el campamento,pescando y cazando ardillas y pavos y persiguiendo mapaches ygatos monteses por la noche con los perros. O mejor, quienespescaban y disparaban contra las ardillas y perseguían a losmapaches y a los gatos salvajes eran él y Boon Hoggenbeck y losnegros, puesto que los cazadores experimentados, no sólo el mayorde Spain y el viejo general Compson, que se pasaban las dossemanas sentados en mecedoras ante una enorme olla de estofadotipo Brunswick, saboreándolo y revolviéndolo, mientras discutíancon el viejo Ash acerca de cómo lo cocinaba y Tennie's Jim se echabawhisky de la damajuana en el cucharón de hojalata que utilizabapara beber, sino hasta el padre del chico y Walter Ewell, que eranaún bastante jóvenes, despreciaban ese tipo de actividades, y selimitaban a disparar a los pavos machos con pistola tras apostar porsu buena puntería.Es decir, cazar ardillas era lo que su padre y los demás pensabanque hacía. Hasta el tercer día creyó que Sam Fathers pensaba lomismo. Dejaba el campamento por la mañana, inmediatamente
 
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después del desayuno. Ahora tenía su propia escopeta: era unregalo de Navidad. Volvía al árbol que había al lado del brazopantanoso donde se había apostado aquella mañana del añoanterior. Y con la ayuda de la brújula que le había regalado el viejogeneral Compson, se desplazaba desde aquel punto. Sin saberlosiquiera, se estaba enseñando a sí mismo a ser un más-que-medianoconocedor de los bosques. El segundo día encontró incluso el troncopodrido junto al cual había visto por primera vez la huella deforme.Estaba desmenuzado casi por completo; retornaba con increíblerapidez -renuncia apasionada y casi visible- a la tierra de la quehabía nacido el árbol.Recorría los bosques estivales, verdes por la penumbra; másoscuros, de hecho, que en la gris disolución de noviembre, cuando,incluso al mediodía, el sol sólo alcanzaba a motearintermitentemente la tierra, nunca totalmente seca y plagada deserpientes mocasines y serpientes de agua y de cascabel, del colormismo de la moteada penumbra, de forma que él no siempre lasveía antes de que se movieran; volvía al campamento cada día mástarde, y en el crepúsculo del tercer día pasó por el pequeño corral detroncos que circundaba el establo de troncos en donde Sam hacíaentrar a los caballos para que pasaran la noche.-Aún no has mirado bien -dijo Sam.El chico se detuvo. Tardó unos instantes en contestar. Al caborompiendo a hablar impetuosa y apaciblemente, como cuando serompe la diminuta presa que un muchacho ha levantado en unarroyo, dijo:-Está bien. Pero ¿cómo? Fui hasta el brazo pantanoso. Hasta volvía encontrar el tronco. Yo...-Creo que hiciste bien. Lo más seguro es que te haya estadovigilando. ¿No viste su huella?-Yo -dijo el chico-, yo no... Nunca pensé...
 
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-Es la escopeta -dijo Sam.Estaba de pie al lado de la cerca, inmóvil, el viejo, el indio, con suestropeado y descolorido mono y el sombrero de paja de cincocentavos deshilachado que en la raza negra había sido antañoestigma de esclavitud y era ahora emblema de libertad. Elcampamento -el claro, la casa, el establo y el pequeño corral que elmayor de Spain, por su parte, había arrebatado parca yefímeramente a la inmensidad salvaje- se desvanecía en elcrepúsculo, volviendo a la inmemorial oscuridad de los bosques.
Laescopeta,
pensó el chico.
La escopeta
.-Ten temor -dijo Sam-. No podrás evitarlo. Pero no tengas miedo.No hay nada en los bosques que vaya a hacerte daño a menos que loacorrales, o que huela que tienes miedo. También un oso o un ciervoha de temer a un cobarde, lo mismo que un hombre valiente ha detemerlo.
La escopeta
, pensó el chico.-Tendrás que elegir -dijo Sam.El chico dejó el campamento antes del alba, mucho antes de quetío Ash despertase entre sus colchas, sobre el suelo de la cocina, yencendiese el fuego para hacer el desayuno. Llevaba tan sólo labrújula y un palo para las serpientes. Podría caminar casi una millasin necesidad de consultar la brújula. Se sentó en un tronco, con labrújula invisible en la mano invisible, mientras los secretos sonidosde la noche, que callaban cuando se movía, volvían a escabullirse ycesaban luego para siempre; y enmudecieron los búhos para darpaso al despertar de los pájaros diurnos, y él pudo ver la brújula.Entonces avanzó rápida pero silenciosamente; sin tener concienciade ello todavía, se estaba convirtiendo día a día en un expertoconocedor de los bosques.A la salida del sol se topó con una gama y su cría; los hizo huir desu lecho, y pudo verlos de cerca, el crujido de la maleza, la corta cola
 
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blanca, la cría siguiendo a su madre a la carrera mucho más raudade lo que él hubiera podido imaginar. Iba de caza del modocorrecto, contra el viento, como Sam le había enseñado; pero esoahora no importaba. Había dejado la escopeta en el campamento;por propia voluntad y renuncia había aceptado no un gambito, nouna elección, sino un estado en el cual no sólo el hasta entoncesanonimato inviolable del oso sino todas las viejas normas yequilibrios entre cazador y cazado quedaban abolidos. No tendríamiedo, ni siquiera en el momento en que el miedo se apoderara deél por completo, sangre, piel, entrañas, huesos, memoria del largotiempo que había transcurrido hasta convertirse en su memoria:todo, salvo aquella fina, clara, inextinguible, inmortal lucidez, soladiferencia entre él y aquel oso, entre él y todos los otros osos yciervos que habría de matar en la humildad y orgullo de su pericia yentereza, lucidez a la que había apuntado Sam el día anterior,apoyado sobre la cerca del corral a la caída del crepúsculo.Para mediodía había dejado muy atrás el pequeño brazopantanoso, se había adentrado más que nunca en aquel territorioajeno y nuevo. Ahora avanzaba no sólo con la ayuda de la brújula,sino también con la del viejo y pesado y grueso reloj de plata quehabía pertenecido a su abuelo. Cuando se detuvo al fin, lo hacía porprimera vez desde que se levantó del tronco al alba, cuando pudover la brújula. Era ya lo bastante lejos. Había dejado el campamentohacía nueve horas; una vez transcurridas otras nueve, la oscuridadhabría caído ya hacía una hora. Pero él no pensaba en ello. Pensó:
Deacuerdo. Sí. Pero ¿qué?
, y se quedó quieto unos instantes, pequeño yextraño en la verde soledad sin techo, respondiendo a su propiapregunta antes incluso de que ésta se hubiera formulado y cesado.Eran el reloj y la brújula y el palo, los tres mecanismos sin vidamediante los cuales había repelido durante nueve horas a la
 
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inmensidad salvaje. Colgó cuidadosamente el reloj y la brújula deun arbusto, apoyó el palo junto a ellos y renunció a él por completo.Durante las últimas tres o cuatro horas no había avanzado muyde prisa. No caminaba más rápidamente ahora, pues la distancia nohabría tenido importancia ni aun en el caso de que pudiera haberlohecho. Y trataba de recordar la posición del árbol donde habíadejado la brújula; trataba de describir un círculo que volviera allevarle a él, o al menos que se intersecase a sí mismo, pues ladirección tampoco importaba ya. Pero el árbol no estaba allí, e hizolo que Sam le había enseñado: describió otro círculo en direccióncontraria, de forma que los dos círculos hubieran de bisecarse enalgún punto, pero no se cruzó con huella alguna de sus pies, y al finencontró el árbol, pero en lugar erróneo, pues no había arbusto nireloj ni brújula, y el árbol era otro árbol, pues a su lado había untronco derribado, y entonces hizo lo que Sam Fathers le había dichoque debía hacerse a continuación, que era también lo último quepodía hacerse.Se sentaba sobre el tronco cuando vio la huella torcida, ladeforme, tremenda hendidura de dos dedos, la cual, mientras elchico la miraba, se llenó de agua. Cuando alzó la vista, lainmensidad salvaje se fundió, se solidificó, el claro, el árbol quebuscaba, el arbusto, y el reloj y la brújula brillaron al ser tocados porun rayo de sol. Y entonces vio al oso. No surgió, no apareció;simplemente estaba allí, inmóvil, sólido, fijado en el calientemoteado del verde mediodía sin viento no tan grande como lo habíasoñado pero tan grande como lo esperaba, aún más grande, sindimensiones contra la moteada oscuridad, mirándole, mientras él,sentado sobre el tronco, inmóvil, le devolvía la mirada.Luego el oso se movió. No hizo ningún ruido. No se apresuró.Cruzó el calvero; por espacio de un instante entró dentro del plenofulgor del sol; cuando llegó al otro lado se detuvo de nuevo y miró
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