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domingo 13 de marzo de 2011

La Liebre de la Patagonia

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Ante tanta mediocridad periodística, siento verdadera admiración por Pedro G. Cuartango, por lo que dice y como lo dice, Cuartango esta en la elite por derecho propio. Tiene para mi la virtud, de hacer me interese por lo que escribe, y que en este caso por lo que denomina “extraordinario, absolutamente esplendido y obra maestra” el libro de las memorias Claude Lanzmann La liebre de la Patagonia, no tengo mas remedio que hacerme con ellas, Cuartango no engaña… A veces un artículo se enriquece más si cabe con una sola línea y en este caso la cita de Sastre de: La felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace, me parece una definición casi perfecta.



Una relación inclasificable

HE LEÍDO con avidez las extraordinarias memorias de Claude Lanzmann, una obra maestra que supera todo lo publicado en este género en los últimos años. Lanzmann desvela en La liebre de la Patagonia su intensa relación con Simone de Beauvoir, con la que vivió cinco años en un apartamento de Montparnasse.

Lanzmann, cineasta y director de Les Temps Modernes, era amigo de Sartre, al que admiraba por su capacidad intelectual y su generosidad humana. Sartre aceptó sin problemas la relación de Simone, a la que llamaba cariñosamente El Castor, con Lanzmann.

Sartre sedujo a muchas mujeres y El Castor se enamoró de otros hombres, entre ellos, el escritor americano Nelson Algreen, como ella misma relata en sus memorias. Pero Beauvoir jamás reconoció en público su estrecha relación con Lanzmann, tal vez para no mortificar a Sartre.

El libro de Lanzmann, absolutamente espléndido, me ha llevado a releer La ceremonia del adiós, la última obra de Simone de Beauvoir, escrita unos meses después de la muerte de Sartre, que en su día me pareció un despiadado ajuste de cuentas con el maestro del ser y la nada.
El Castor relata la última etapa de la vida de Sartre, cuando la gloria del pensamiento europeo se hacía pis en los pantalones, se quedaba dormido en un concierto o se le caía la baba ante las jovencitas.

Al leer por segunda vez el libro de Beauvoir, he descubierto que ese retrato decadente de Sartre estaba muy vinculado a la añoranza por el amor perdido y por los maravillosos años de juventud que habían compartido. Lo que yo había interpretado al principio como desdén era nostalgia de unos tiempos que jamás volverían.

A este respecto merece la pena evocar el momento de la muerte de Sartre en un hospital de París en abril de 1980, tal y como ella lo cuenta. Una enfermera le toma el pulso y certifica que ha fallecido. Ella se queda a solas con él y se acuesta en el lecho cogiendo su mano por última vez. Lanzmann narra cómo acudió entonces al hospital para consolar a Beauvoir y organizar el masivo funeral que superó incluso al de Zola.

Simone murió en 1986 y fue enterrada en el cementerio Père Lachaise junto a Sartre, que inicialmente había sido sepultado en Montparnasse. Allí yacen bajo una sencilla lápida de piedra en la que figuran sus nombres y sus fechas de muerte y nacimiento.

Yo les recuerdo una gélida noche de diciembre de 1975 cuando ambos paseaban cogidos del brazo por la rue Bonaparte. Me pareció admirable cómo habían logrado preservar su amor durante casi medio siglo y cómo la cercanía de la muerte había estrechado sus vínculos.

Resulta imposible catalogar esa relación, pero yo creo que fueron amantes, rivales, amigos, cómplices y otras muchas cosas más. Como dijo el propio Sartre, la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace. Tal vez ése era su secreto.

PEDRO G. CUARTANGO