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TIEMPO RECOBRADO|PEDRO G. CUARTANGO

Rohmer, el amor y el azar

DICEN que el cine es como la vida. Yo diría que el cine es la vida. Las películas de Eric Rohmer eran mi vida y lo digo sin saber si tengo que reír o llorar su muerte a los 89 años.

Sólo sé que ha desaparecido una referencia muy importante para mí. Como el azar existe, según creía Rohmer, tres de sus trabajos han coincidido con momentos cruciales en mi existencia.

Vi en 1977 en un cine de Vitoria Die Marquise von O. en unas horas de plenitud y felicidad, en las que mis sentimientos eran parecidos a los del conde ruso en la sublime narración de Kleist.

Le rayon vert, en 1986, supuso a la vez una despedida y un encuentro, como ese último rayo verde del atardecer que aparece sobre los acantilados de Finisterre.

Hay otras muchas películas de Rohmer que me han gustado, pero ninguna como Ma nuit chez Maud, que vi en un cine universitario de Madrid cuando tenía 18 años y acababa de llegar de Burgos.

El film relata las dudas de un joven ingeniero de Michelin, encarnado por Jean Louis Trintignan, que conoce en Clermont-Ferrand a una atractiva mujer madura que intenta seducirle.

Él es un católico que se ha enamorado en la iglesia de una chica aparentemente virtuosa, con la que se piensa casar. Pero la seductora Maud le invita una noche a cenar y surge la tentación.

Los dos están sentados al borde de la cama. La nieve cae sobre las calles. Pero finalmente nada sucede. Ambos se embarcan en una discusión sobre Pascal y hablan sobre la virtud, la predestinación y el azar. Al día siguiente, el ingeniero aborda a la chica al terminar la misa y le propone el matrimonio. Ella acepta con muchas vacilaciones porque tiene relaciones con otro hombre casado.

Cinco años después, Maud y el católico se encuentran en la playa. Todo ha cambiado y la vuelta atrás es imposible, pero ambos saben que aquella noche fue crucial para sus vidas.

Cuando vi el film en 1973, yo estaba atrapado en un dilema similar. Opté por romper con el pasado. Aposté por lo improbable, en el sentido más pascaliano de la palabra.

Toda elección comporta una ganancia y una pérdida, pero las consecuencias son imprevisibles porque siempre existe el azar. Lo importante es la elección por sí misma, como sucede con la pasión por el juego.

El protagonista de L' amour l'aprés-midi sueña con tener un amuleto que le permita seducir a todas las mujeres. Ello eliminaría el azar y la necesidad de tener que elegir.

Estamos condenados a la incertidumbre sobre nuestras elecciones, como sostiene Rohmer, que refleja mejor que nadie la complejidad del amor, donde la felicidad y el sufrimiento son las dos caras de la misma moneda. «Yo no enseño, muestro», decía el maestro. Por eso, sus películas son no como la vida, sino la vida misma.

[foto de la noticia]

Pedro G. Cuartango

Miranda de Ebro (Burgos) en 1955

Periodista

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