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La libertad como maldición, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

TIEMPO RECOBRADO

Libertad. Hermosa palabra que da título a la novela de Jonathan Franzen, que narra las miserias de la familia Berglund, cuyos miembros se hunden en el negro pozo de la desesperación en su intento de ser felices.

Franzen cuenta la trivial historia de un abogado ecologista y de su esposa, enamorada de un cantante de rock que es el mejor amigo de su marido. Podría ser el retrato de cualquier familia americana, pero la novela se convierte en un viaje a las profundidades del alma humana que me recuerda a Los demonios del mejor Dostoievski.

Todos los personajes de Franzen están condenados a una infelicidad a la que les lleva su propio carácter. Sus bien intencionadas decisiones producen siempre una catástrofe que destroza la vida de los demás como una serie de círculos concéntricos que se amplifican.

Libertad es no sólo una radiografía de las miserias individuales, de los secretos y frustraciones con las que todos tenemos que cargar, sino además una crónica del hombre contemporáneo, que, como Sísifo, es castigado a subir una y otra vez una pesada piedra desde el fondo del Hades.

Ignoro el sentido que ha querido dar Franzen al título de su obra, pero a mí me parece cargado de ironía: la libertad es una condena que nos lleva a la autodestrucción. Somos libres para hacer daño a los demás y a nosotros mismos.

Sartre defendía que el hombre no tiene naturaleza, no tiene esencia, por lo que es libre de ser lo que él mismo ha decidido ser. Pero esa libertad es la causa fundamental de su frustración porque la distancia entre lo que se desea y la realidad es siempre insalvable.

Spinoza creía que la libertad del ser humano radicaba en acomodarse a los designios de Dios. Pero Dios no puede ser responsable del mal y del horror que nos rodean, no puede ser responsable de las hambrunas en África o del atroz sufrimiento de un enfermo de cáncer.

El mal existe en el mundo porque somos libres, porque podemos elegir, porque queremos ser lo que no somos. No hay, por tanto, necesidad de buscar explicaciones sociológicas a las causas de la barbarie o las guerras. Esos venenos están dentro de nosotros y pugnan por salir al exterior.

Yo puedo ser el peor de los asesinos y el peor de ellos puede ser mejor que yo. Hay que comprender pero no juzgar porque nadie está libre de pecado. La mezquindad anida en todos los corazones.

Quien quiera pasar un buen rato, que no lea la deprimente historia de Franzen. Pero quien esté dispuesto a bajar a los abismos insondables del alma humana, podrá encontrar en esta novela espejos en los que se sentirá reflejado y ecos que resuenan en nuestro interior más profundo.

Tal vez el único sentido de la vida sea la conciencia de nuestras imperfecciones y, por ello, la tolerancia hacia los demás, algo casi imposible cuando tan difícil es soportarnos a nosotros mismos.

  

 
 

Publicado por Reggio's

12 Octubre, 2011, a las 7:18 am

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