Archive for the ‘Pedro G. Cuartango’ tag
Predicadores sin fe, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: JOSÉ ANTONIO ALONSO / SAN MANUEL BUENO
No hay oficio más duro que aquel en el que no se cree. Al ver el pasado martes en la tribuna del Congreso a José Antonio Alonso, sentí una mezcla de pena y admiración por el papel que se veía obligado a hacer: defender al Gobierno.
Alonso es un descreído. Hace mucho tiempo que ha perdido la fe en Zapatero, pero sigue haciendo su trabajo de portavoz por lealtad. Es precisamente la palabra que él utilizó para recriminar a Antonio Gutiérrez el haber roto la disciplina.
A pesar de que es perfectamente consciente del derrumbamiento del proyecto, el portavoz socialista pone todo su talento y su esfuerzo en intentar dar una coherencia a lo que no la tiene.
Me recuerda mucho a aquel personaje de Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, el párroco de Valverde de Lucerna, el sacerdote que simula tener una fe que ha perdido hace mucho tiempo.
Don Manuel finge que cree en Dios para no desmoralizar a los feligreses que le consideran un santo. Igual le sucede a Alonso, amigo personal de Zapatero, que disfraza su escepticismo con la contundencia dialéctica de sus argumentos contra el PP.
Me reprocharán algunos escépticos que compare a Alonso con un santo, lo mismo que cuando revestí a Dolores de Cospedal de algunos rasgos de ‘La Pasionaria’. No les quitaré yo la razón, porque el ejercicio de estas vidas paralelas siempre tiene mucho de esperpéntico. Busco deliberadamente la exageración para iluminar una realidad oculta. Que lo logre o no es otra cuestión.
Alonso me produce la misma fascinación que los músicos de la orquesta del Titanic, que interpretan un vals mientras el buque se hunde.
La grandeza de este hombre está en su inmolación al servicio de un Gobierno en el que no cree, lo mismo que el moribundo párroco de Valverde se despide de sus paisanos invocando una fe de la que carece.
Todos en el pueblo juzgan a Don Manuel como un santo por sus obras de caridad y nadie es capaz de imaginar el tormento interior que sufre por su escepticismo.
A Alonso le sucede lo mismo: la gente le ve como alguien que no duda, que siempre encuentra motivos para justificar al Gobierno y a Zapatero. Pero el portavoz socialista sufre una crisis de identidad cuando se mira en el espejo y se da cuenta de que tiene que defender aquello en lo que ha dejado de profesar hace mucho tiempo.
«Sí. Hay que creer en todo lo que nos enseña la Santa Madre Iglesia Católica», dice el cura a alguien que duda. Es el mismo mensaje que lanza Alonso desde la tribuna del Congreso: el Gobierno siempre tiene razón, aunque la razón sea hoy contradictoria con la de hace un mes.
El PSOE ya tiene su ‘San José Antonio Bueno y Mártir’, lo que prueba el mérito de este sufrido y leal varón leonés. Como apunta el Evangelio, la virtud de un hombre puede redimir el pecado de otros muchos.
La imposible reforma de la burocracia, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Confesaba el difunto Willy Brandt que en su experiencia como canciller había descubierto que todos los problemas políticos tienen solución excepto uno: el de la burocracia administrativa.
La crisis ha servido para agudizar esa percepción de Brandt: padecemos de unas Administraciones caras, ineficientes y redundantes. No pasa un solo día sin que aparezcan en los medios de comunicación casos de derroche o malversación de nuestros gestores públicos.
Soy de los que creen que es imposible reformar las Administraciones Públicas, en las que se produce una gran contradicción: por un lado, son necesarias porque garantizan la prestación de servicios esenciales y, por otra, generan un enorme despilfarro estructural.
Siempre me ha fascinado el espectáculo de la irracionalidad de la burocracia, que Kafka describe mejor que nadie. Yo diría incluso que la esencia de la modernidad consiste en el fortalecimiento de unos aparatos administrativos que aplastan al individuo.
No hay duda de que la burocracia es poder y, por ello, los Gobiernos se resisten a reducir el número de funcionarios o a simplificar el laberíntico organigrama del Estado y sus órganos periféricos.
La burocracia es un rasgo consustancial del capitalismo avanzado y funciona mediante tres leyes que producen efectos perversos que escapan al control del poder político con el que opera en estrecha simbiosis. Estas tres reglas básicas son:
1) La ley de Parkinson, que se podría resumir en que toda administración tiende a expandirse -como el Universo- hacia el infinito. Si ponemos a un funcionario en un despacho para una determinada tarea, nos encontraremos diez años después que hay ya más de cien funcionarios que ocupan un edificio para hacer la misma tarea.
2) Principio de Peter. Consiste en que en todo aparato burocrático los funcionarios tienden a alcanzar su máximo nivel de ineficiencia. El sistema opera sobre la base de expulsar o relegar a los buenos y de promocionar a los malos, que son los que obedecen fielmente las consignas que emanan desde arriba.
3) Corolario de Livraghi: cuando la estupidez de una persona se combina con la ajena, el impacto crece de forma geométrica. Hay en las Administraciones -como en todas las grandes organizaciones- un efecto multiplicador de la estupidez sumamente peligroso. No tengo espacio para desarrollar esta tesis, pero el concepto me parece esencial para explicar por qué los aparatos burocráticos se ocupan de nimiedades y suelen aplazar o ignorar los problemas importantes.
La combinación de estas tres leyes impide cualquier reforma racional de las Administraciones Públicas, que tienen una increíble capacidad de autoperpetuación en la medida que fingen adaptarse al entorno para seguir expandiéndose.
No hay solución: hay que aguantarse y sobrellevar este mal endémico como quien sufre una úlcera de estómago crónica.
Musas de la izquierda, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: Dolores de Cospedal / Petra Kelly
La izquierda ya tiene la líder que buscaba desde el ocaso de ‘La Pasionaria’: se llama también Dolores y se apellida De Cospedal.
Esta mujer ha roto todos los estereotipos en los últimos días al hacer declaraciones que la sitúan en la izquierda radical extraparlamentaria. Me recuerda mucho a Petra Kelly, la bella y triste fundadora de Los Verdes, musa de la izquierda en Alemania.
La diferencia entre ambas es que Kelly era más moderada políticamente. De Cospedal ha desbordado por la izquierda a UGT y CCOO al asegurar que «si los sindicatos no defienden a los trabajadores, aquí está el PP para hacerlo».
Se ha opuesto a la congelación de las pensiones y afirma que el recorte salarial a los funcionarios es «drástico y brutal». Tampoco le gusta el ajuste del gasto público contra el que su partido ha votado en contra.
Denuncia que España es «un país intervenido», aunque no aclara por quién. ¿Por Angela Merkel? ¿Por el capitalismo especulativo internacional?
No sabemos muy bien lo que propugna esta mujer, aunque sus declaraciones dan a entender que ha evolucionado hacia un obrerismo radical antisistema, en sintonía con las ideas de Rosa Luxemburgo que veía en los socialdemócratas una fuerza política pactista con el ‘establishment’.
Dolores de Cospedal se está revelando como una magnífica líder para el sector de la izquierda que no se siente representado por el pragmatismo de Zapatero y que reivindica las esencias del anticapitalismo.
Eso es lo que fue precisamente Petra Kelly en los años 80. Con un pasado como activista por la paz, lideró la fundación de Los Verdes y les convirtió en una fuerza política alternativa con representación parlamentaria.
Sus posiciones contra la energía nuclear, contra los misiles americanos en Europa, contra los abusos policiales que habían convertido a Alemania en un Estado autoritario, contra la hipocresía moral de la derecha, recuerdan mucho a este espíritu inconformista y antisistema de la dirigente manchega.
Hay muchas afinidades entre Dolores de Cospedal y Petra Kelly, mujeres de carácter, con un fuerte sentido de la independencia y con un instinto para sobrevivir en organizaciones dominadas por hombres.
Kelly también se casó con un hombre mucho más mayor, aunque tuvo mal ojo en la elección. Su marido, el general Bastian, la mató de un disparo mientras dormía. Había cumplido 44 años, la misma edad que ahora tiene Dolores de Cospedal.
A la política manchega le espera un gran futuro si decide dar el salto y convertirse en esa lider de la verdadera izquierda que necesita España. No sé si el país está preparado para asimilar un mensaje tan radical, pero no hay duda de que Dolores de Cospedal tiene todas las cualidades para ser la heredera de ‘La Pasionaria’.
Monturas con duende, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: ALFREDO S. MONTESEIRÍN / ALEJANDRO MAGNO
Como no hay nada nuevo bajo el sol, fue el viejo y sabio Plutarco el que me inspiró estas vidas paralelas.
Cuando leí hace unos días que Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de Sevilla, había enviado a su chófer a Barcelona donde iba a asistir a la final de Copa, me vino a la memoria aquel episodio de Plutarco en el que cuenta cómo Alejandro Magno compró a su caballo Bucéfalo.
Narra el historiador que Bucéfalo era un potro tosco y salvaje, que no se dejaba tocar por nadie. Filipo, el padre de Alejandro, lo desestimó. Pero el joven macedonio giró la cabeza del animal hacia el sol, dejándole cegado. En ese momento lo montó y Bucéfalo obedeció dócilmente.
Afirma Plutarco que en ese instante Filipo pronunció su celebre frase: «Hijo mío, búscate un reino que iguale tu grandeza porque Macedonia es pequeña para ti».
Alejandro Magno y Bucéfalo no se separaron jamás hasta la muerte del caballo en la batalla de Hidaspes contra el rey Poros. El gran caudillo honró su memoria fundando la ciudad llamada Bucéfala, hoy situada en Pakistán.
Alejandro jamás iba a una batalla sin su caballo, al que atendía personalmente y cuidaba como un amante. Bucéfalo era capaz de matar, sin embargo, a quien se le acercara de forma imprudente.
A Monteseirín se le ha criticado por hacer recorrer a su chófer 1.100 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para evitar que cogiera un taxi en Barcelona, pero quienes le reprochan su conducta es que no han entendido nada.
Lo que le sucede al alcalde de Sevilla es que tiene la misma relación con su coche oficial que Alejandro con su caballo. No puede prescindir de él porque siente un vínculo emocional que le sobrepasa. Me lo imagino cogiendo su coche para ir a comer a un restaurante que está a cien metros de la alcaldía o para comprar un regalo en El Corte Inglés.
Si Alejandro sólo se sentía seguro en sus batallas cabalgando a Bucéfalo, Monteseirín necesita el coche oficial para convencerse de que él es el alcalde. Seguramente sueña por las noches que tiene que volver a ejercer su profesión de médico y ello le produce una profunda angustia que sólo se le pasa al subir al coche oficial.
¿Podrá superar este pobre hombre el trauma que le va a suponer dejar el vehículo dentro de un año? Me parece una crueldad privarle de un ser tan querido y propongo que el consistorio le ceda el coche y el chófer a perpetuidad. Es lo menos que se podría hacer para agradecer los servicios de una persona tan austera y tan ahorrativa.
Acabo estas líneas con una primicia informativa: me han revelado las musas que Monteseirín va a erigir una gran estatua a su coche oficial frente al ayuntamiento de Sevilla. ¡Ojalá cunda su ejemplo en toda la burocracia nacional!
Cuando los truhanes pasan por estadistas, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Anteanoche sufrí un profundo ataque de vergüenza al escuchar en una tertulia a Mario Conde dar consejos al Gobierno de cómo combatir la crisis. Si mal no recuerdo, Conde dejó un agujero de 600.000 millones de pesetas en Banesto tras una gestión delictiva, orientada a su enriquecimiento personal y a labrarse una carrera política.
En lugar de pedir perdón a la gente que arruinó, ahora va por ahí en plan estadista, explicando cómo se arreglan los males de este país y hablando sobre la transmigración de la materia.
Estas cosas sólo pueden ocurrir en un lugar como España, donde no existe la memoria y donde los truhanes aparecen como hombres de Estado y los hombres de Estado no aparecen por ningún lado.
Lo que esta crisis está poniendo en evidencia es una tremenda falta de liderazgo político. No hay ni un solo dirigente con un discurso atractivo o ilusionante que plantee una regeneración de España, a mi juicio tan necesaria como lo era en 1898 cuando se perdieron las colonias de Cuba y Filipinas.
Zapatero es un presidente de Gobierno absolutamente quemado y no ya por la falta de apoyo parlamentario sino porque se ha visto obligado a hacer todo aquello que rechazaba. La cara de desolación que tenía en el Congreso el pasado miércoles lo dice todo.
Si la política se basara en principios, Zapatero presentaría hoy su renuncia irrevocable al cargo porque un gobernante no puede traicionar de forma tan flagrante su programa. Prometió pleno empleo y tenemos cinco millones de parados, un dato que lo dice todo sobre el fracaso de su proyecto.
Rajoy ha conseguido remontar en las encuestas y está en las mejores condiciones de ganar las próximas elecciones. Pero no ilusiona al electorado, no transmite pasión.
Hay en la sociedad española una desoladora falta de referencias ejemplares, que sólo existen en el ámbito del deporte con personajes como Nadal, Gasol y Alonso. Estos grandes deportista suscitan pasión entre sus seguidores, lo que no ocurre con los líderes políticos.
Se me podrá argumentar que en Europa sucede lo mismo: Merkel no es Adenauer, Sarkozy no es De Gaulle y Cameron no es Thatcher. Pero aquí hemos llegado a una completa degradación de la clase política, con figuras de ínfimo nivel -salvo honrosas excepciones- que ocupan los ministerios y las direcciones de los partidos.
Necesitamos dirigentes que no sólo resuelvan los problemas del momento sino que además nos ofrezcan ilusión, confianza en el futuro, pasión por un proyecto. Adolfo Suárez, con sus muchos defectos, era uno de esos líderes que querían cambiar el mundo.
Ahora proliferan los personajillos que van de tertulia en tertulia, lanzando consignas aprendidas de memoria. Basta de ‘apparatchiks’ y más política. Las utopías son necesarias a la hora de combatir las crisis, entre otras cosas, porque siempre necesitamos ver una luz al final del túnel.
La economía y el isntinto de la muerte, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Hegel creía que la sociedad humana avanzaba a través de estadios progresivos hacia la racionalidad. Lo que esta crisis está mostrando es lo contrario: existe en nuestra civilización un alto grado de irracionalidad que puede acabar destruyéndonos.
Los Gobiernos mantienen un discurso políticamente correcto y tranquilizador en el sentido de que se están tomando medidas para combatir el paro y las secuelas de esta profunda recesión. Zapatero se presentó como víctima de la crisis el pasado domingo, sugiriendo de nuevo que el deterioro de la economía había sido imposible de prever.
No es cierto. Nada era tan predecible como lo que ha sucedido. El crecimiento desmesurado del crédito, la expansión incontrolada del sector inmobiliario, el fuerte endeudamiento de los bancos, la pérdida de competitividad en la zona euro hacían previsible que la burbuja iba a pinchar.
Antes de la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, hubo numerosos signos de que el largo ciclo de crecimiento estaba tocando a su fin. Pero los Gobiernos y las autoridades prefirieron ignorar las malas noticias.
Alan Greenspan, el ex presidente de la Reserva Federal, expresó sus temores de una recesión en 2006, pero permitió que se siguieran vendiendo productos financieros de alto riesgo porque, según sus palabras, generaban un efecto multiplicador del dinero.
Hay, pues, una responsabilidad directa de los Gobiernos en su incapacidad para prevenir lo que se avecinaba. Pero existe, además, otra responsabilidad todavía mayor en no tomar las medidas para erradicar las causas que nos han llevado a esta situación.
Cuando las cosas se pusieron muy mal a finales de 2008, el G-20 realizó un listado de reformas del sistema financiero, mientras se hablaba de refundación del capitalismo. Ninguna de estas iniciativas se ha llevado a cabo.
Ni se ha creado una autoridad internacional que supervise el funcionamiento de los mercados ni de la banca, ni se ha penalizado la especulación, ni se han modificado las normas contables, ni se han limitado las insensatas remuneraciones de los ejecutivos. En síntesis, no se ha hecho nada.
La UE pretende ahora frenar los ataques contra el euro con un fondo de 600.000 millones para ayudar a los Estados a financiarse con unos tipos de interés razonables. Pero ello no va a servir para nada si no se cambian las reglas de juego.
Lo que la crisis está poniendo en evidencia es la incapacidad de los Gobiernos frente al mercado, convertido en ‘deus ex machina’ que determina nuestras vidas. El poder político ha dejado de ser soberano frente a ese monstruo sin cabeza, que funciona con una lógica autónoma.
Sigmund Freud identificó la acumulación de capital con las neurosis infantiles y, más tarde, acuñó la idea del instinto de muerte para explicar el drama de la guerra de 1914. Esa pulsión sigue latente en los mecanismos irracionales de una economía que nos lleva a la autodestrucción.
Apoteosis de lo trivial, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: BLANCO / CHANCE
La trivialidad es el valor dominante en la sociedad del espectáculo. Por ello, un político trivial tiene muchas más posibilidades de éxito que otro que no lo sea.
Si Marx pudiera resucitar diría que la trivialidad tiene hoy valor de cambio frente a una inteligencia arrinconada en los medios de comunicación y en la política.
La apoteosis de la trivialidad queda perfectamente reflejada en el personaje de Mister Chance, protagonizado por Peter Sellers, en la película dirigida por Hal Ashby en 1979.
Chance es un modesto jardinero que nunca ha salido de casa y que sólo conoce el exterior a través de la televisión. Sus conocimientos se reducen al mundo de las plantas. Es adoptado por una mujer que le atropella y se convierte en un gurú del presidente de EEUU y de los círculos de poder de Washington.
El ascenso de Chance me recuerda mucho al de José Blanco, convertido por los medios en gran estadista, delfín de Zapatero y su hipotético sucesor.
Blanco y Chance son dos hombres sin pretensiones intelectuales, con fallos en la dicción, que recurren a los tópicos para expresarse y que tienen una visión simplista del mundo.
Chance responde a todas las preguntas con metáforas sobre las plantas y Blanco maneja una serie de fórmulas sencillas, de puro sentido común, brillantes en su desnuda obviedad.
Ambos tienen otra importante cualidad: que ven el mundo a través de los ojos de la televisión. Chance habla como los personajes de la pequeña pantalla y Blanco domina a la perfección la lógica de los televidentes.
En una sociedad política aristocrática, como la británica, Blanco jamás podría ser un líder. Pero resulta perfecto para una sociedad iletrada como la española, que se ve representada en los clichés que el vicesecretario y ministro baraja con singular habilidad.
Zapatero ha sido contumaz en sus errores, pero por lo menos ha sido coherente hasta que le han obligado a dar el gran bandazo. Blanco ha dado el mismo bandazo, pero parece igualmente coherente que antes porque su discurso es esencialmente amorfo y ambiguo. Se expresa como Chance y como el oráculo de Delfos: acierta tanto si llueve como si hay sequía.
Me parece obvio que Blanco es mucho más moderno que Zapatero en su consumada banalidad, que le cualifica como un dirigente idóneo para triunfar en los programas de telebasura y en las tertulias.
Si Zapatero peca de un exceso de ideologización, que le hace difícilmente digerible por la tecnocracia, el discurso de Blanco es perfecto para nuestro tiempo porque dice lo que el interlocutor quiere escuchar. O sea, nada. Esa es su gran habilidad política y el factor que explica su éxito. Como Chance, este hombre llegará lejos, muy lejos.
Degradación termodinámica, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Uno de los principios físicos más elementales es la segunda ley de la termodinámica, que viene a decir que todo sistema tiende al desorden y se degrada mediante un aumento de la entropía. Todo lo que percibimos, incluidos nosotros mismos, se halla sometido a esta ley.
Esa degradación termodinámica es especialmente visible en la sociedad española, en la que la crisis económica ha acentuado el deterioro de un sistema político que está poniendo en evidencia su falta de capacidad para responder a los retos no ya del futuro sino del presente.
Muchos analistas achacan esta ausencia de respuestas a las limitaciones de Zapatero y Rajoy como líderes, pero yo creo que se trata de un análisis simplista. Lo que la dramática situación que atravesamos está sacando a la luz es la esclerosis de una instituciones políticas que no sólo no resuelven los problemas sino que además los agravan. Ni el Gobierno, ni los partidos, ni el Parlamento ni los poderes regionales han sabido estar a la altura del desafío porque ni han podido ponerse de acuerdo en el diagnóstico de la crisis ni tampoco en las recetas, lo que ha agravado extraordinariamente la situación.
Tal ceguera colectiva sólo puede explicarse por ese sectarismo tan consustancial a nuestra historia en los dos últimos siglos. Desde la guerra contra Napoleón, los españoles no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en nada y, salvo breves paréntesis, hemos consumido todas nuestras energías en pelearnos.
El sectarismo ha contaminado las instituciones y las ha degradado hasta convertirlas en caricaturas de sí mismas, de suerte que un diputado se cree obligado por la disciplina de partido pero jamás piensa que representa, por encima de todo, a sus electores. El Parlamento se ha convertido en una institución vacía, que sólo sirve para ratificar lo que se ha decidido o pactado por los partidos.
Lo hemos constatado hace unos días cuando los diputados socialistas aplaudían y avalaban las medidas que Zapatero había prometido que jamás iba a tomar. Lo importante es mantener la fidelidad al colectivo al que uno pertenece, lo de menos son las ideas y los programas. Ni un solo representante socialista se ha atrevido a cuestionarlas en público.
Las instituciones jamás podrán funcionar si empezamos por no creérnoslas y por utilizarlas como un ‘boomerang’ contra el adversario político, si las vaciamos de contenido y convertimos la mayoría en un ritual para justificar decisiones previamente tomadas sin discusión.
No es extraño que José Blanco prefiriese acudir a un programa de telebasura en lugar de encarar un debate parlamentario, en el que sus palabras se hubieran perdido en el hemiciclo. De lo que no se da cuenta Blanco es de que él también está contribuyendo a esa degradación termodinámica que está matando nuestra precaria democracia, transfigurada en mero espectáculo.
K.O. en el Yankee Stadium, de Pedro G. Cuartango en EL Mundo
VIDAS PARALELAS: ZAPATERO / JOE LOUIS
Primero, le pega una serie de ganchos que le dejan noqueado y luego le derriba con un directo sobre la lona. No, no hablo de Rajoy golpeando a Zapatero en el ring del Congreso el pasado miércoles, sino de aquella imborrable noche del 15 de junio de 1936 en el Yankee Stadium.
Joe Louis acaba de cumplir 22 años y tiene en su ‘curriculum’ victorias sobre el temible Max Baer, Primo Carnera y Paulino Uzcudun. Parece invencible. Pero aquel día topa contra el alemán Max Schmmeling, que le atiza un montón de golpes que le derriban en el undécimo asalto.
He visto el combate muchas veces y conservo la imagen de Joe Louis, retorciéndose confuso en el suelo mientras el árbitro cuenta hasta diez. Tiene la mirada nublada como si mil bombillas se hubieran fundido en su cabeza.
Vi el mismo gesto el otro día en Zapatero, que abandonó la tribuna del Congreso con la misma cara de dolor y perplejidad que tenía Joe Louis en la esquina del ring tras ser llevado a rastras por sus ayudantes.
Lo peor no era en aquel momento el dolor físico sino la humillación de la derrota de un campeón que se creía muy superior al rival.
Zapatero ha quedado noqueado y muchos le dan por acabado, como le sucedió aquella noche a Joe Louis. «El campeón aplastado», tituló un periódico de Nueva York.
Pero no fue así. Un año después, Joe Louis -’El Bombardero de Detroit’- se proclamó campeón mundial de los pesos pesados al derrotar al legendario James J. Braddock, cuya vida es glosada en la película ‘Cinderella Man’.
Louis conservó el entorchado durante 12 largos años hasta que Rocky Marciano emergió como un huracán, llevándoselo por delante. El púgil de Detroit se tomó la revancha sobre Schmmeling tres años después de su derrota: le dejo K. O. en el primer asalto en una de las peleas más cortas de la historia del boxeo. Dicen que Hitler se fue a la cama con un berrinche descomunal tras el derrumbamiento de su ídolo.
Soy de los que creen que el K. O. sufrido por Zapatero esta semana no significa el fin de su carrera. De las derrotas se aprende mucho más que de las victorias y el líder socialista tiene un instinto de supervivencia que supera al de todos sus rivales.
Joe Louis supo reinventarse a sí mismo tras la derrota con Schmmeling, convirtiéndose en un símbolo de las aspiraciones de la minoría negra. Zapatero todavía tiene tiempo de convertirse en un estadista, obligado a tomar medidas dolorosas e impopulares por patriotismo.
Como ya no va a poder volver a Rodiezmo para dar clases de obrerismo, a lo mejor le vemos impartir algún curso en Madison Avenue para ejecutivos de Wall Street. Lo bueno que tiene nuestro presidente es que se parece a ‘Zelig’: tiene una infinita capacidad de adaptación al medio. Yo creo que Zapatero nos va a sorprender a todos.
La ministra desaparecida, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: ELENA SALGADO / FANTOMAS
Cuando era niño estaba fascinado por Fantomas. Era un personaje despiadado que manejaba una maquinaria criminal desde un secreto refugio bajo tierra. Nadie sabía a ciencia cierta si existía o era una invención de la imaginación porque pasaba largas temporadas sin dar señales de vida.
Esto es lo que le está sucediendo a Elena Salgado, que se ha ocultado bajo tierra en la semana negra de la economía española. Quien ha tenido que dar la cara es Zapatero, cuyas apelaciones a la conspiración de los especuladores no hacen presagiar nada bueno.
Como a Fantomas y su ayudante, me imagino a Salgado y a su fiel Campa buscando fórmulas en su refugio secreto para reflotar la economía. Salgado dice que ya ha tomado 139 medidas. La lástima es que no haya funcionado ninguna.
Salgado ha dejado de salir en público porque ya no sabe qué decir tras haber errado en sus predicciones una y otra vez. El ‘Financial Times’ la consideraba como una de las peores ministras de Economía de la UE, lo que produce asombro. ¿Puede haber otra peor?
Fantomas planificaba cuidadosamente sus acciones y disponía de los medios tecnológicos más sofisticados, como un submarino o un avión supersónico. Pero las cosas siempre salían al revés de lo que él había planeado.
Esta mujer se parece mucho a Fantomas: todo lo que hace le sale mal. Lo que más me admira es su persistencia en el error: viene pronosticando desde hace un año los brotes verdes y el campo sigue helado.
Cuando veía las películas de Fantomas me extrañaba de que este chapucero siguiera en el mundo del crimen. Igual me sucede con Elena Salgado, que no se da por aludida por el paro, el hundimiento de la Bolsa, el endeudamiento, el astronómico déficit en las cuentas públicas y la degradación de nuestra solvencia.
Ha batido todos los récords de ineptitud e insiste. Fantomas, que tenía una gran fortuna, hubiera sido mucho mejor ministro que esta mujer que ha hecho carrera en la Administración y ejemplifica la perfecta burócrata al servicio de Zapatero.
Lo que más me llama la atención es la impavidez de la ministra frente al desastre. Su contumacia en el error es un caso patológico que merecería mejor causa si no fuera porque Zapatero y ella están convirtiendo a este país en un erial.
Lo peor de todo es su afán por recurrir a teorías conspiratorias para explicar un desastre que se podría haber evitado con un mínimo de rigor y sentido común. Ahora toda la culpa es de los especuladores internacionales, esos pérfidos capitalistas que sólo buscan el lucro.
Lo que va de hoy a 1934, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS
Aunque afortunadamente la situación de España es hoy bien distinta de la de 1934, existe un sugerente paralelismo entre la crisis institucional provocada por la negativa de José Montilla a aceptar un fallo contrario al Estatuto y los sucesos que llevaron a la proclamación del Estado Catalán en plena República.
El detonante de la ruptura de la legalidad en 1934 fue la aprobación por el Parlamento catalán de la Ley de Contratos de Cultivo. La norma garantizaba a los ‘rabassaires’ el cultivo de las tierras durante un mínimo de seis años y la posibilidad de comprar las parcelas tras explotarlas durante 18 años.
El Tribunal de Garantías Constitucionales falló en junio de 1934 que la ley era inconstitucional, dado que el Parlamento catalán carecía de competencias para regular la propiedad de la tierra.
En un clima de insurrección y de confrontación social, Lluís Companys, líder de ERC y presidente de la Generalitat, proclama el 6 de octubre de 1934 el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Desde el balcón de la institución, Companys justifica el golpe por la necesidad de frenar «el fascismo» y asume todas las competencias del Gobierno central.
El general Batet se niega a acatar sus órdenes y manda a las tropas dirigirse contra los rebeldes, que se han hecho fuertes en la Generalitat y varios edificios anexos. Sin apenas resistencia y en unas pocas horas, los ‘escamots’ de Dencas se rinden. Companys, Tarradellas y otros dirigentes de ERC son hechos prisioneros y confinados en un buque de guerra.
Al igual que entonces, Montilla se niega a acatar hoy un fallo adverso del Constitucional, está intentando formar un frente de rechazo con los partidos nacionalistas y amaga con una ruptura de la disciplina por parte de los diputados del PSC en Madrid.
¿Puede acabar el motín que lidera Montilla en una ruptura con la legalidad constitucional o, al menos, agudizar la crisis en las relaciones entre Cataluña y España? ¿Está dispuesto el cordobés Montilla a convertirse en el radical Companys?
La historia nunca se repite y, si lo hace, es en clave de farsa. Todo indica que estamos ante un farol de Montilla, que busca recuperar la credibilidad perdida por su desastrosa gestión. Nada mejor para ello que un enemigo exterior, una amenaza imaginaria que movilice al electorado.
Creo que su estrategia está condenada al fracaso, lo mismo que la de Companys, que no logró más que el apoyo de unos centenares de fanáticos. Companys cayó ante la indiferencia general y eso mismo le va a suceder a Montilla si persiste en su pulso contra las instituciones.
La Cataluña de 2010 no está para aventuras. A Maragall el Estatuto le costó el puesto. A Montilla le puede suceder lo mismo si trata de competir en nacionalismo con CiU o con sus socios de ERC, ya que siempre es preferible el original a la copia. Pero la sangre no llegará al río.
Sentar a la Historia en el banquillo, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Toda esta polémica sobre Garzón y la memoria histórica remite a una gran pregunta para la que no tengo respuesta: ¿es posible asumir el pasado y reconciliarse con él sin odios ni venganza?
La Guerra Civil dejó tan profundas heridas en uno y otro bando que no han podido ser cerradas más de 70 años después de su final.
Hace unos días, ví la película ‘El lector’, en la que una antigua carcelera de las SS prefiere ser condenada a cadena perpetua antes que confesar que es anafalfabeta. Sin duda, ella es culpable de haber acatado ordenes ignominiosas, pero es inocente de lo que le acusa el tribunal. Ése es el peligro de hacer una justicia retrospectiva, cuando se desligan los hechos de las situaciones donde se produjeron.
Que nadie saque la conclusión de que abogo por la impunidad de los crímenes ni que intento justificar conductas que no tienen explicación como el Holocausto nazi. Lo que estoy diciendo es que es imposible juzgar hoy en los tribunales lo que sucedió en la Guerra Civil desde la óptica de una sociedad que nada tiene que ver con lo que era la España de los años 30.
Creo que los muertos no pueden explicarse y que, por ello, es mejor dejar para los historiadores las causas del fracaso de la República y de una guerra en la que se alcanzaron cotas de crueldad inimaginables.
A mi abuelo estuvieron a punto de fusilarle en los andenes de la estación de Miranda de Ebro en 1936 porque un sargento nacional atestiguó falsamente que le había visto hacer el saludo comunista en la locomotora. Esta anécdota personal revela la inquina que produjo un conflicto que a menudo se aprovechó para dar rienda suelta a mezquinas venganzas.
Si los republicanos pueden alegar que los nacionalistas saquearon y asesinaron a miles de inocentes en su avance del sur hacia Madrid, los nacionales pueden argumentar con igual razón los crímenes de Paracuellos o las sacas en Barcelona del verano de 1936, donde se produjo una verdadera orgía de terror.
¿Qué queremos juzgar a estas alturas? ¿Los crímenes y los abusos de uno de los bandos? ¿De los dos? ¿Con qué legalidad? ¿Quiénes podrían hacer de jueces imparciales? Desde luego no puede ser Garzón, un hombre lleno de resentimientos y ávido de protagonismo. Creo que sería mucho mejor sacar este asunto del debate político y dejar la memoria histórica para los libros si no queremos repetir los errores del pasado. España es un país profundamentre cainita y sectario, por lo que agitar el guerracivilismo sólo nos llevará a agudizar las grandes fracturas que ya existen en nuestra sociedad.
Si somos sinceros, tenemos que reconocer que muchos llevamos todavía la carga del odio y el resentimiento generados por aquella tragedia. No podemos ser imparciales y nunca lo seremos. Por eso, es mejor no remover el pasado.
Parafraseando a Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Sentar a la Historia en el banquillo es un disparate.
