Sala de columnas - Barcelona hallada y perdida

Autor

PEDRO G. CUARTANGO

Barcelona hallada y perdida

EL TIEMPO es como un gigante de arena. Nada más tocarlo se desmorona. Se desvanece al aferrarnos a él. No sólo es imposible retener el presente sino también recuperar el pasado, irremisiblemente perdido en el gran agujero negro de lo que fue.

He tenido esa sensación al volver a Barcelona, donde viví desde 1979 hasta 1986. Ha pasado más de un cuarto de siglo, pero mis recuerdos son tan nítidos como si fueran de ayer. Por eso, sentí una profunda impotencia al constatar el choque entre lo que veían mis ojos y lo que estaba grabado en la memoria.

Estuve paseando un par de horas por el barrio de Hostafranchs. Allí seguía el engendro del parque de la España Industrial, el casinet donde una noche bailé con una chica que llevaba un farolillo japonés, la chimenea de la carretera de la Bordeta, la pequeña plaza de Herenni donde los viejos jugaban antaño a la petanca, el bullicio y los comercios de la calle Creu Coberta y los puestos de butifarra del mercado.

Podía cerrar los ojos y verme en aquellos lugares hace 30 años, pero era imposible engañarse: todo había cambiado. Muchas casas habían sido derribadas y sustituidas por horrendos edificios postmodernos, los bares que yo frecuentaba habían desaparecido y, lo peor de todo, echaba en falta a personas que no he vuelto a ver.

Me sentí tentado a llamar a algunos viejos amigos, pero de repente fui consciente de lo ridículo de la iniciativa. Me senté en un banco y me detuve a contemplar el espectáculo de unos canarios de color verde que comían alpiste mientras un mendigo se acercó a pedirme limosna. Tres adolescentes cruzaban la calle disfrazadas de botes de Coca-Cola.

Por unos momentos, me surgieron dudas sobre si estaba metido en un sueño y la realidad no era lo que yo veía sino los recuerdos y las sensaciones almacenadas en mi cabeza. Y pensé que tal vez era imposible disociar el pasado del presente porque, al final, todo se diluye en el infinito pozo del tiempo.

En verdad estamos hechos de momentos. No tenemos una esencia sino simplemente existimos como lo hace una hoja a merced del viento. Ni plenitud ni vacío, solo un destello. Allí, en aquel banco de piedra, lejos de las rutinas cotidianas, la fugacidad de lo vivido me produjo un dolor insoportable, pero a la vez un impulso de levantarme y seguir adelante.