LE MONDE diplomatique - edición española



Las grandes hambrunas del siglo XIX, genocidio olvidado

Mike Davis*

Como los lectores contemporáneos de Nature y otras revistas científicas podían darse cuenta en ese momento, la gran sequía de los años 1876 a 1879 constituyó un desastre de proporciones verdaderamente planetarias, puesto que se señalaban casos de sequía y hambre en Java, Filipinas, Nueva Caledonia, Corea, Brasil, en el sur y el norte de África. Hasta entonces, nadie había sospechado que una importante perturbación climática podía producirse de manera sincronizada en toda la amplitud de la zona tropical de los monzones, así como en el norte de China y el Magreb.

Claro que la cantidad de víctimas sólo se podía calcular de manera aproximada, pero era horriblemente evidente que el millón de muertos por hambre en Irlanda entre 1845-1847 debía multiplicarse al menos por diez. Según los cálculos de un periodista británico, incluso añadiendo todas las víctimas de las guerras convencionales desde Austerlitz hasta Antietam y Sedán, probablemente no se alcanzaría el nivel de mortandad del sur de la India durante esta crisis (1). Sólo la revolución de los Tai-Ping (1851-1864), es decir la guerra civil más sangrienta de la historia de la humanidad, con sus veinte a treinta millones de supuestos muertos, podía reivindicar un número tan grande de víctimas (2).

Pero la gran sequía de los años 1876-1879 no fue más que la primera de las tres crisis de subsistencia que, a escala planetaria, marcaron la segunda mitad de la era victoriana. Entre 1889 y 1891 nuevas sequías extendieron el hambre en India, Corea, Brasil y Rusia, aunque la crisis más grave se dio en Etiopía y Sudán, donde causó la muerte de quizás un tercio de la población. Luego, entre 1896 y 1902, el monzón dejó de soplar en sucesivas ocasiones en toda la zona tropical y en el norte de China. Epidemias devastadoras de paludismo, peste bubónica, disentería, viruela y cólera causaron millones de víctimas entre los habitantes de estas regiones, debilitados por el hambre.

Con una rapacidad sin igual, los imperios europeos, imitados en esto por Japón y Estados Unidos, aprovecharon la ocasión para establecer nuevas colonias, expropiar tierras comunales y acaparar nuevos recursos mineros y agrícolas. Lo que desde el punto de vista de las metrópolis podía pasar por el último resplandor crepuscular de un siglo de gloria imperial, se presentaba a los ojos de las masas africanas o asiáticas bajo la siniestra luz de una inmensa pira funeraria.

El número total de víctimas de estas tres olas de sequía, hambre y epidemias probablemente no sea inferior a treinta millones. (...) Pero si los tugurios obreros descritos por Dickens quedaron impresos en la memoria histórica, los niños muertos de hambre de 1876 y de 1899 desaparecieron de escena. Casi sin excepción, los historiadores modernos que escriben acerca del mundo del siglo XIX desde un punto de vista euroamericano, ignoran las sequías excepcionales y las grandes hambrunas que entonces afectaron lo que actualmente llamamos “tercer mundo”. (...)

[Ahora bien], no sólo decenas de millones de campesinos pobres murieron de manera atroz, sino que murieron en condiciones y por razones que contradicen ampliamente la interpretación convencional de la historia económica de este siglo. Así pues, por ejemplo, ¿cómo explicar el hecho de que en el curso del mismo medio siglo que vio desaparecer de Europa Occidental en tiempo de paz el hambre, ésta se haya propagado de manera tan devastadora a través de todo el mundo colonial? Asimismo, ¿cómo considerar las declaraciones autosatisfechas a propósito de los efectos beneficiosos y salvadores de los ferrocarriles y de los modernos mercados de cereales, cuando se sabe que millones de personas, en particular en la India británica, dejaron la vida a lo largo de las vías férreas y a las puertas de los depósitos de cereales? Y en el caso de China, ¿cómo explicar la impresionante pérdida de la capacidad de intervención del Estado en favor de las poblaciones, en particular en materia de prevención del hambre, que parece asociarse estrechamente a la “apertura” forzada del imperio a la modernidad impuesta por los británicos y las otras potencias coloniales?

En otros términos, no se trata de “tierras de hambre” atrapadas en las aguas estancadas de la historia mundial, sino de la suerte de la humanidad tropical en el preciso momento (1870-1914) en que su fuerza de trabajo y sus recursos son absorbidos por la dinámica de una economía mundial con centro en Londres (3). Estos millones de muertos no eran ajenos al “sistema del mundo moderno”, sino que se encontraban en pleno proceso de incorporación a sus estructuras económicas y políticas. Su trágico final tuvo lugar en plena edad de oro del capitalismo liberal; en realidad, hasta puede decirse que muchos de ellos fueron víctimas mortales de la aplicación literalmente teológica de los sagrados principios de Adam Smith, de Jeremy Bentham y de John Stuart Mill. Y sin embargo, el único historiador económico del siglo XX que parece haber entendido bien que las grandes hambrunas victorianas (al menos en el caso de la India) eran capítulos inevitables de la historia de la modernidad capitalista, fue Karl Polanyi en su obra de 1944, La gran transformación. “La fuente real del hambre de los últimos cincuenta años -escribía-, es el mercado libre de cereales, combinado con una falta local de ingresos.” (...)

“ La muerte de millones de personas” era en definitiva una elección política: la llegada de tales hecatombes exigía (para retomar la sarcástica fórmula de Brecht) “una manera brillante de organizar el hambre (4)”. Las víctimas debían estar completamente vencidas mucho tiempo antes de su lenta decadencia y de su retorno al polvo (...)

Aunque las malas cosechas y la escasez de agua hayan alcanzado proporciones dramáticas -a veces nunca vistas durante siglos-, casi siempre las reservas de cereales disponibles en otras regiones de los países en cuestión hubieran permitido salvar a las víctimas de estas sequías. Nunca se trató de una escasez absoluta, excepto quizás en Etiopía en 1899. En realidad, dos factores decidían la supervivencia o la muerte inevitable de las poblaciones siniestradas: por una parte, los muy recientes mercados de materias primas y las especulaciones sobre los precios que fomentaban, y por la otra la voluntad de los Estados, más o menos influida por la protesta de las masas. La capacidad de compensar las malas cosechas y la manera en que las políticas de lucha contra el hambre reflejaban los recursos disponibles, variaban según los casos.

En un extremo tenemos la India británica controlada por virreyes como Lytton, el segundo Elgin y Curzon, donde el dogma librecambista y el frío cálculo egoísta del Imperio justificaban la exportación a Inglaterra de enormes cantidades de cereales, en medio de la más horrible hecatombe. En el otro extremo, tenemos el trágico ejemplo del emperador Menelik II, que luchó heroicamente, pero con escasos recursos, para salvar al pueblo etíope de una conjunción verdaderamente bíblica de catástrofes naturales y sociales.

Si se adopta un punto de vista ligeramente diferente, se puede decir que los muertos que causaron estas hambrunas fueron triturados por tres de los más implacables engranajes de la historia moderna. En primer lugar, fueron víctimas de la coincidencia fatal y sin precedentes de una serie de convulsiones del sistema climático planetario y los mecanismos de la economía mundial de la era victoriana. Hasta los años 1870, a falta de una red internacional de vigilancia meteorológica, por rudimentaria que fuese, los medios científicos eran apenas conscientes de que era posible una sequía de proporciones planetarias; igualmente, hasta inicios de esta misma década, las campiñas de Asia aún no estaban suficientemente integradas a la economía mundial como para poder proyectar o recibir ondas de choque susceptibles de recorrer la mitad del globo.

Pero los años 1870 ofrecieron numerosos ejemplos del nuevo círculo vicioso (...) que vinculaba el clima y las variaciones de precios a través del mercado mundial de cereales. De repente, el precio del trigo en Liverpool y los riesgos del monzón en Madrás pasaban a ser otras tantas variables de una gigantesca ecuación que ponía en juego la supervivencia de grandes masas de humanidad.

La mayoría de los campesinos indios, brasileños y marroquíes que sucumbieron al hambre entre 1877 y 1878 eran más vulnerables a esta calamidad dado que anteriormente ya habían sido reducidos a la miseria y debilitados por la crisis económica mundial (la “Gran Depresión” del siglo XIX) que comenzó en 1873. Asimismo, los crecientes déficits comerciales de la China de los Qing -grandemente estimulados en su origen por los manejos de los narcotraficantes británicos- aceleraron la decadencia de los graneros del Imperio, que constituían en tiempo normal la primera línea defensiva del país contra la sequía y las inundaciones. Contrariamente, las olas de sequía que afectaron el Nordeste brasileño en 1889 y 1891 pusieron de rodillas a las poblaciones rurales del interior y las debilitaron aún más frente a los efectos de las crisis políticas y económicas de la nueva república.

(...) El tercer engranaje de este catastrófico mecanismo histórico es el imperialismo moderno. Como brillantemente lo demostró Jill Dias en el caso de la dominación portuguesa en Angola en el siglo XIX, el ritmo de la expansión colonial respondía con extraña regularidad al de las catástrofes naturales y las epidemias (5). Cada gran ola de sequía daba luz verde a un nuevo avance imperialista. Así pues, la sequía de 1877 en Africa del Sur permitió a Carnarvon minar la independencia del reino zulú, mientras que el italiano Crispi aprovechó la hambruna etíope de 1889-1891 para promover su sueño de un nuevo imperio romano en el Cuerno de Africa.

La Alemania de Guillermo II supo también explotar las inundaciones y la sequía que a fines de los años 1890 devastaron la provincia de Shandong (Shantung) para extender agresivamente su área de influencia en el norte de China, mientras que Estados Unidos utilizaba el hambre inducida por la sequía y la enfermedad como otras tantas armas para aplastar mejor la resistencia de la república filipina de Aguinaldo.

Pero las poblaciones rurales de Asia, Africa y América del Sur no se plegaron con docilidad al nuevo orden imperial. Las hambrunas son verdaderas guerras por el derecho a la existencia. Si bien es cierto que en los años 1870 los movimientos de resistencia al hambre se limitaron esencialmente (excepto en Africa del Sur) a motines locales, puede verse en gran parte en eso el efecto del todavía reciente recuerdo del terror de Estado aplicado contra la rebelión de los Cipayos en la India y la revolución de los Tai-Ping en China.

Pero los años 1890 nos ofrecen un panorama totalmente diferente, y los historiadores contemporáneos establecieron claramente el importante papel desempeñado por el hambre y la sequía en la rebelión de los Bóxers, el movimiento Tonghak en Corea, la aparición del nacionalismo extremista en India y la guerra de Canudos en Brasil, así como en innumerables rebeliones en Africa meridional y oriental. Los movimientos milenaristas que a fines del siglo XIX hicieron furor en el futuro “tercer mundo”, deben una buena parte de su violencia escatológica a la gravedad de estas crisis ecológicas de subsistencia.

(...) Lo que hoy llamamos el “tercer mundo” (un término forjado durante la guerra fría (6)) es el resultado de desigualdades de ingresos y recursos - la famosa “zanja del desarrollo” - que tomaron forma de manera decisiva durante el último cuarto del siglo XIX, cuando vastas poblaciones campesinas del mundo no europeo se integraron a la economía mundial. Como otros historiadores lo señalaron recientemente, si bien es cierto que en tiempos de la toma de la Bastilla las principales formaciones sociales del planeta registraban en su seno una fuerte diferencia vertical entre las clases, esa diferencia no se reproducía como una diferencia abismal de ingresos entre esas distintas sociedades. La diferencia de nivel de vida entre, por ejemplo, un pobre francés y un campesino del Decán era relativamente insignificante con relación a la que separaba a cada uno de ellos de su respectiva clase dirigente (7). Por el contrario, a fines de la era victoriana, la desigualdad entre las naciones era tan profunda como la desigualdad entre las clases. La Humanidad estaba irrevocablemente dividida en dos.

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* Historiador, autor de Génocides tropicaux, catastrophes et famines coloniales (1870-1900)-Aux origines du sous developpement, que aparecerá a fines de abril en las ediciones La Découverte, París; de allí se extrajo este artículo.

NOTAS:

(1) William Digby, “ Prosperous ” British India : A Revelation from Official Records, Londres, 1901, p. 118.
(2) Conducida por Hung Hsiu-Ch’uan, esta rebelión popular y mesiánica contra la dinastía manchú conquistó amplios territorios en el sur y el centro de China y designó a Nankin como capital, antes de ser aplastada.
(3) W. Arthur Lewis, Growth and Fluctuations, 1870-1913, Londres, 1978, p. 29, 187 y 215 en particular.
(4) Bertolt Brecht, Poems 1913-1956, Londres, 1976, p. 204.
(5) Jill Dias, “ Famine and Disease in the History of Angola, c. 1830-1930 ”, Journal of African History, 22, 1981.
(6) Alfred Sauvy, “ Trois mondes, une planète ”[Tres mundos, un planeta], L’Observateur, Paris, n°118, 14 –8-1952, p. 5.
(7) Ver Kenneth Pomeranz, The Great Divergence : China, Europe, and the Making of the Modern World Economy, Princeton, N. J., 2000.

Volver a sumario Abril 2003